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PARTE 2 — El medallón que no podía existir

Victoria se arrodilló frente a Ethan.

Ya no le importaba la reunión.

Ni su ropa.

Ni las personas que pasaban alrededor.

Solo podía mirar aquel medallón.

—¿Dónde conseguiste eso?

Ethan cerró inmediatamente la mano.

Parecía asustado.

—Es mío.

—¿Quién te lo dio?

—Mi mamá.

Victoria sintió un nudo en la garganta.

—¿Cómo se llama tu madre?

Ethan bajó la mirada.

—Se llamaba Sarah.

—¿Se llamaba?

El niño tardó en responder.

—Murió hace cuatro meses.

Lucas miró a su madre.

Victoria apenas podía respirar.

—¿Y tu padre?

—No tengo.

—¿Dónde vives?

Ethan señaló vagamente hacia unas calles más abajo.

—A veces en un refugio.

Victoria sintió que las piernas le temblaban.

—Déjame ver el medallón.

Ethan dudó.

Lucas intervino.

—No te lo va a quitar.

El pequeño finalmente extendió la mano.

Victoria tomó la pieza.

La giró.

En la parte posterior había una pequeña inscripción.

El tiempo casi la había borrado.

Pero todavía podía leerse:

“D.B. — Siempre volverás a casa.”

Victoria se llevó una mano a la boca.

Las lágrimas aparecieron inmediatamente.

Lucas se asustó.

—Mamá, ¿qué pasa?

Victoria no podía responder.

Siete años atrás, su vida había cambiado para siempre.

Ella tenía dos hijos.

Daniel, de dos años.

Y Lucas, que apenas tenía unos meses.

Durante una tarde en un parque, Daniel desapareció.

Había sido cuestión de minutos.

Victoria estaba atendiendo una llamada.

La niñera se había alejado para recoger una bolsa.

Cuando miraron nuevamente...

Daniel ya no estaba.

La policía buscó durante meses.

Hubo carteles.

Recompensas.

Entrevistas.

Miles de llamadas.

Nada.

Victoria jamás volvió a perdonarse.

El primer cumpleaños después de su desaparición dejó intacta la habitación del niño.

Después el segundo.

Después el tercero.

Su marido terminó marchándose años más tarde.

El matrimonio no sobrevivió al dolor.

Solo Lucas permaneció con ella.

Y el pequeño medallón que él llevaba era idéntico al que Daniel había tenido el día de su desaparición.

Victoria miró a Ethan.

—¿Cuántos años tienes?

—Nueve.

Su corazón comenzó a latir con fuerza.

Daniel tendría nueve años.

—¿Cuándo cumples años?

—El diecisiete de septiembre.

Victoria cerró los ojos.

Era la fecha de nacimiento de Daniel.

—Mamá...

Lucas tomó su brazo.

—¿Por qué lloras?

Victoria señaló el medallón.

—Porque esto pertenecía a tu hermano.

Lucas quedó completamente inmóvil.

Conocía la historia.

Había crecido viendo fotografías de Daniel por toda la casa.

—¿Mi hermano?

Ethan retrocedió.

—No soy su hermano.

Victoria intentó acercarse.

—No sabemos eso todavía.

—Mi nombre es Ethan.

—Lo sé.

—Mi mamá me llamaba Ethan.

—Y quizá ella te quiso muchísimo.

Victoria trató de controlar las lágrimas.

—Pero necesito saber cómo llegaste con ella.

Ethan comenzó a ponerse nervioso.

—No sé.

—¿Nunca te contó nada?

El niño pensó.

Entonces recordó algo.

—Antes de morir me dio esto.

Metió la mano dentro de su sudadera.

Sacó un pequeño sobre doblado tantas veces que los bordes estaban casi destruidos.

—Dijo que algún día tenía que abrirlo si encontraba a alguien con el mismo collar.

Victoria sintió un escalofrío.

—¿Nunca lo abriste?

Ethan negó.

—Prometí esperar.

Lucas miró a su madre.

—Mamá...

Ethan abrió lentamente el sobre.

Dentro había una fotografía.

Victoria la tomó.

Y comenzó a llorar.

Era una fotografía de ella.

Mucho más joven.

Sosteniendo a Daniel cuando era bebé.

Detrás había unas pocas palabras escritas:

“Perdóname. Lo encontré cuando ya era demasiado tarde para devolverlo sin destruir nuestras vidas.”

Victoria dejó caer la fotografía.

Ethan la recogió.

—¿Qué significa?

Victoria no sabía qué responder.

Pero debajo de la fotografía había una dirección.

Y un nombre.

Sarah Collins.

La mujer que había criado a Ethan.

Victoria tomó inmediatamente su teléfono.

—Tenemos que descubrir quién era ella.

Pero Ethan dio un paso atrás.

—¿Me va a llevar a la policía?

—No.

—¿Me van a encerrar?

Aquella pregunta rompió el corazón de Victoria.

Se arrodilló frente a él.

—Nadie va a encerrarte.

—Entonces, ¿qué va a pasar?

Victoria miró a Lucas.

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Después volvió a mirar al niño que podía ser el hijo que llevaba siete años buscando.

—Primero vamos a descubrir la verdad.

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