Un niño fue expulsado de una fiesta de millonarios… hasta que entregó una carta al anfitrión y este cayó de rodillas
El salón del Grand Wellington Hotel parecía hecho de cristal y oro.
Enormes lámparas de araña iluminaban las mesas decoradas con rosas blancas. Hombres con esmoquin conversaban sosteniendo copas de champán, mientras mujeres vestidas con elegantes vestidos posaban para los fotógrafos.
Aquella noche se celebraba el sexagésimo aniversario de Richard Beaumont, fundador de una de las compañías inmobiliarias más poderosas de la ciudad.
Empresarios.
Políticos.
Banqueros.
Todos querían estar allí.
Pero entre cientos de invitados apareció alguien que claramente no pertenecía a aquel mundo.
Un niño.
Tendría unos nueve años.
Se llamaba Oliver Dawson.
Vestía pantalones beige, una camisa blanca y un viejo cárdigan azul.
En una mano sostenía un pequeño sobre color crema.
Oliver caminaba entre los adultos mirando sus rostros.
Parecía buscar a alguien.
Finalmente se acercó a una mujer vestida con un espectacular vestido verde esmeralda.
Era Victoria Beaumont, hermana menor de Richard.
—Señora...
Victoria bajó la mirada.
—¿Sí?
—Estoy buscando al señor Richard Beaumont.
La expresión de Victoria cambió.
—¿Quién eres?
—Oliver.
—¿Oliver qué?
—Oliver Dawson.
Victoria miró alrededor.
—¿Dónde están tus padres?
El niño apretó el sobre entre los dedos.
—Mi mamá murió hace tres semanas.
Victoria quedó en silencio apenas un instante.
—Lo siento. Pero esta es una celebración privada.
—Necesito hablar con el señor Beaumont.
—Eso no es posible.
—Mi mamá me dijo que tenía que entregarle esto.
Le mostró el sobre.
Victoria ni siquiera intentó cogerlo.
—¿Quién era tu madre?
—Anna Dawson.
Victoria se quedó inmóvil.
El nombre le resultaba familiar.
Demasiado familiar.
Pero rápidamente recuperó la compostura.
—No conozco a ninguna Anna Dawson.
Oliver bajó la mirada.
—Ella dijo que él sí la conocería.
Victoria sintió un escalofrío.
—Escúchame, niño. No sé quién te ha dejado entrar, pero tienes que marcharte.
Oliver no se movió.
—Prometí entregarle la carta.
—Y yo te estoy diciendo que te vayas.
Algunos invitados comenzaron a observarlos.
Victoria odiaba las escenas.
Hizo una señal hacia seguridad.
Pero antes de que los guardias llegaran, una joven empleada del hotel apareció.
Se llamaba Emily Carter.
—¿Ocurre algún problema?
Victoria señaló al niño.
—Este pequeño se ha colado en una fiesta privada.
Emily miró a Oliver.
El niño estaba a punto de llorar.
—¿Estás solo?
Oliver asintió.
—Solo quiero entregar una carta.
Victoria perdió la paciencia.
—No estamos organizando un servicio de mensajería.
Emily se agachó junto al pequeño.
—¿A quién buscas?
Oliver señaló hacia el otro extremo del salón.
Allí estaba Richard Beaumont.
—A él.
Emily miró el sobre.
Después volvió a mirar a Oliver.
—¿Es importante?
El niño apretó los labios.
—Fue lo último que mi mamá me pidió antes de morir.
Emily quedó en silencio.
Victoria intervino inmediatamente.
—No vas a llevarlo con mi hermano.
Emily se levantó.
—Señora Beaumont, quizá deberíamos dejar que él decida.
Victoria la miró furiosa.
—¿Sabes con quién estás hablando?
—Sí.
Emily respiró profundamente.
—Pero también sé que estamos hablando de un niño que acaba de perder a su madre.
La música continuaba sonando.
Pero alrededor de ellos cada vez más personas estaban mirando.
Entonces una voz masculina interrumpió la discusión.
—¿Qué está pasando aquí?
Todos se giraron.
Richard Beaumont caminaba hacia ellos.
Victoria palideció.
Oliver miró al hombre.
Después miró la vieja fotografía que llevaba escondida en su bolsillo.
Era él.
No había ninguna duda.
—Señor Beaumont...
Richard miró al niño.
—¿Sí?
Oliver extendió el sobre.
—Mi mamá me pidió que le entregara esto.
Richard frunció el ceño.
—¿Quién era tu madre?
El niño respondió:
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—Anna Dawson.
La sonrisa desapareció del rostro de Richard.