PARTE 2 — La carta que nunca debió llegar

Richard permaneció completamente inmóvil.
—¿Qué acabas de decir?
—Anna Dawson.
Victoria intervino.
—Richard, probablemente es algún tipo de engaño.
Pero Richard levantó una mano.
No apartaba los ojos del niño.
—¿Dónde está Anna?
Oliver bajó la mirada.
—Murió hace tres semanas.
Richard pareció recibir un golpe.
Se acercó lentamente.
Después se arrodilló frente al niño.
—¿Cómo murió?
—Estaba enferma.
Oliver extendió nuevamente el sobre.
—Me hizo prometer que se lo daría personalmente.
Richard lo tomó.
Sus manos comenzaron a temblar.
Reconoció inmediatamente la letra.
Habían pasado casi diez años.
Pero la reconocería en cualquier parte.
Richard:
El resto estaba escrito dentro.
Abrió el sobre.
Victoria dio un paso hacia él.
—Richard, no deberías...
—Déjame.
Sacó una carta.
Comenzó a leer.
Richard:
Si estás leyendo esto, significa que ya no tuve tiempo suficiente para hacer lo que debí hacer hace muchos años.
Richard tragó saliva.
Los invitados cercanos permanecían completamente callados.
Continuó.
Te mentí cuando desaparecí.
No me fui porque dejara de quererte.
Me fui porque Victoria me encontró antes de nuestra boda.
Richard levantó lentamente la mirada.
Victoria perdió todo el color del rostro.
—Eso es mentira.
Richard volvió a la carta.
Me dijo que jamás permitiría que alguien como yo entrara en la familia Beaumont.
Me ofreció dinero.
Me negué.
Entonces me enseñó documentos que demostraban que tu empresa estaba a punto de quebrar y me convenció de que, si seguías conmigo, perderías todo.
—¡Basta! —gritó Victoria.
Richard levantó los ojos.
—¿Es verdad?
—No puedes creer una carta escrita por una mujer muerta.
Aquella respuesta fue suficiente.
Richard continuó leyendo.
Descubrí demasiado tarde que los documentos eran falsos.
Para entonces ya estaba embarazada.
Intenté volver.
Pero tuve miedo.
Y después pasaron los años.
Richard dejó de respirar.
Sus ojos bajaron lentamente hacia Oliver.
El niño lo observaba sin comprender.
Richard volvió a leer.
La siguiente frase hizo que sus piernas perdieran fuerza.
Su nombre es Oliver.
Y es tu hijo.
Un murmullo atravesó todo el salón.
Victoria llevó una mano a la boca.
Emily miró al niño.
Richard no podía moverse.
—¿Mi... hijo?
Oliver dio un pequeño paso hacia atrás.
—Mamá dijo que usted quizá no me querría.
Aquellas palabras destrozaron algo dentro de Richard.
—No.
Dejó la carta.
—No, Oliver.
Se arrodilló nuevamente.
—Tu madre jamás debería haberte dicho eso.
—Ella tenía miedo.
Richard miró el rostro del pequeño.
Por primera vez comenzó a verlo realmente.
Los ojos.
La forma de las cejas.
Incluso la pequeña manera en que apretaba los labios cuando estaba nervioso.
Era como mirarse a sí mismo de niño.
Richard comenzó a llorar.
Pero Victoria todavía no había terminado.
—Esto no demuestra nada.
Todos la miraron.
—Cualquiera puede escribir una carta.
Richard se puso de pie.
—¿Qué estás intentando decir?
—Que necesitas una prueba.
Oliver parecía asustado.
Emily colocó suavemente una mano sobre su hombro.
Entonces el niño recordó algo.
—Mamá dijo que también tenía que darle esto.
Metió la mano en el bolsillo.
Sacó una pequeña caja.
Richard la abrió.
Dentro había un viejo reloj.
Su reloj.
El que había regalado a Anna la noche en que le pidió matrimonio.
En la parte posterior seguían grabadas sus iniciales:
R.B. + A.D.
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Richard cerró los ojos.
Ya no necesitaba escuchar nada más.